Por: Julieth Gualtero 05/23/2026
El 28 de abril de 2026 se dio a conocer la última actualización de la JEP; los colombianos nos enteramos de que no eran 6.402 falsos positivos, la cifra aumentó a siete mil ochocientas treinta y siete vidas convertidas en un trozo de carne con uniforme camuflado para inflar las estadísticas de una guerra ficticia. ¿Hasta cuándo vamos a seguir llamando "errores" a lo que fue una carnicería institucionalizada?
Los militares que apretaron el gatillo en contra de campesinos, jóvenes con discapacidades físicas y mentales, se quiebran en las audiencias al reconocer que asesinaron a miles de seres humanos por ganarse unos días de descanso o una caja de arroz chino. Basta oír estos testimonios para saber que la fuerza pública eran pobres con fusiles matando a sus semejantes. Tan precaria era la situación de las fuerzas públicas que perdieron la ética, los valores y la moral por un plato de comida; aun así, nada los justifica.
Lo realmente frustrante de estos datos que se vienen presentando es ver al expresidente Álvaro Uribe Vélez escudado detrás de comunicados de prensa y transmisiones en vivo, negándose a comparecer ante la JEP.
Durante dos décadas nos han vendido la leyenda del líder omnipresente, del autócrata milimétrico que supuestamente tiene el país en la cabeza, el que controlaba cada puesto de control y llamaba a los comandantes de brigada en la madrugada para exigir resultados.
Nos exigieron admirar su “inteligencia superior”. Pero ahora, frente al peso de 7.837 cadáveres, pretenden que nos traguemos el cuento de que este genio de la seguridad era un perfecto estúpido. ¿De verdad el hombre más enterado de Colombia no se enteró de que bajo su mando se montó una industria de la muerte? Semejante narrativa no solo insulta la inteligencia del ciudadano; termina siendo hasta un insulto que paradójicamente él mismo se hace, pero es mejor ser la víctima que el matarife.
Para colmo del descaro, vimos al exmandatario en un reciente streaming decir que esta verdad judicial es un complot para "difamar su buen nombre". Hay que ser muy cínico y tener la sangre muy fría para ignorar el dolor de miles de madres que lloran a sus hijos.
Es como si cada vez que el uribismo negara esta cifra, se volviera a fusilar a los jóvenes de Soacha y a los campesinos del Llano. Negar el dato es volver a tildar a los muertos como criminales, para salvar una reputación que ya no tiene salvación, por lo menos de la gente que ya despertó del encanto, del encantabobos.
Quisiera poder decir que esta es una historia muy cruel que siempre tendrá Colombia que contar, pero que no volverá; sin embargo, la memoria Dori está en el colombiano que olvida su historia y se condena a repetirla, como lo dijo el filósofo George Santayana.
En pleno 2026, cargando en nuestra espalda 7.837 almas, llega de nuevo la derecha más rancia a revivir el cadáver de la seguridad democrática. La candidata uribista Paloma Valencia nos propone volver al mismo modelo de fortalecimiento militar a ciegas, prometiendo "seguridad jurídica" para las tropas, lo que en el lenguaje de los cuarteles suele traducirse como un cheque en blanco de impunidad. Como si ya no hubiesen sido suficientes los asesinatos. En realidad, ¿cree usted que Colombia necesita, como dijo Álvaro Uribe, buenos muertos? Para justificar asesinatos.
Tal vez esta tragedia no tocó las puertas de su casa, pero si volvemos a lo mismo, nadie nos garantiza que uno mismo o algún familiar sea la próxima cifra de muertos en Colombia.